25 sept. 2016


Recuerdo a mamá dándonos permiso para jugar con las tres vecinas de al lado con tal de escabullirse de esa irremediable rutina que siente desde hace meses como una bota en el cuello. Recuerdo entrar a la cocina apurada por la sed y el calor que provocaba jugar a las escondidas durante la noche barranquillera y reconocer el olor a tabaco que papá expedía las noches que dormía en casa. Pero papá no estaba. Y yo sabía que no estaba porque la noche anterior se había despedido de mí en la madrugada y recuerdo haberle deseado un buen viaje a su cara entre la penumbra. La barba le olía a perfume y al cigarrillo que se fumaba al empezar el día porque entonces se creía eterno. Los pocos días que domía en casa lo dejaba todo impregnado con ese aroma a tabaco y perfume: la jarra del agua, las toallas del baño, la cocina a mediodía. Nos decía que fumar mataba y que si no queríamos morir como el abuelo, lo mejor era no seguir su ejemplo ni sus malas desiciones. Como si eso se decretara. Me era fácil saber si papá había llegado de otro largo viaje por el olor que tenía la casa al llegar del colegio. Pero esa noche el agua no tenía sabor, la sala olía a desinfectante de frutas y en el estudio no había ninguna maleta sin desempacar. Recuerdo entrar a la cocina guiada por el olor a Marlboro y antes de alcanzar a imaginarme nada, la vi sentada en una silla blanca de plástico, con calma, dándole caladas largas y botando el humo despacio, como si lo quisiera cerca para jugar con él. No tenía la luz prendida para que no la viéramos desde la terraza. Se llevaba el cigarrillo a la boca como si fumara desde hace años, arqueando la muñeca, moviendo la pierna que tenía cruzada. Mamá de 26 años fumadora escondida. Recuerdo no preguntarle nada, nunca, sobre ese cigarrillo en el patio de nuestra casa en Barranquilla  una noche de 1996. Mamá triste. Mamá fuerte. Recuerdo a mi madre fumando en el patio.

24 feb. 2016

Recuerdo que teníamos 19 años cuando nos encontramos en una plaza apretada de La Candelaria. Sin sospechar las heridas que nos dejaríamos tiempo después, había llegado hasta allí sintiéndome única porque me amabas; si me pidieran explicar el significado del verbo flotar, diría que es tener 19 años y estar enamorado en una ciudad desconocida. Como nosotros. Como ese septiembre de 1996. Mientras te esperaba sentada junto a la fuente, ojeaba un pequeño libro de Gonzalo Rojas que había comprado al llegar al aeropuerto -No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más. Y océano, y océano, y únicamente océano- y me parecía que estar allí sentada esperando era un acto poéticoRecuerdo que luego de varias conversaciones telefónicas, una noche nos declaramos discípulos de Gonzalo Arango y allí, juntos y perdidos, lo buscamos por toda la ciudad sin que nadie nos diera razón ni respuesta. Las librerías lo habían olvidado, los libreros guardaban silencio al oír su nombre y el encargado de la sección de literatura colombiana de la biblioteca apenas pudo darnos referencia de una antología en la que aparecía un poema suyo. Solo un vendedor de libros usados frente al Museo del Oro nos escuchó atentos e incluso nos contó alguna anécdota personal sobre haberlo visto en un recital en Medellín en el 67, pero tampoco tenía copia alguna de su Obra Negra. Sí tenía, recuerdo, un librito de crónicas de Gabo cuando vivía en Caracas que compré para regalar, pero terminé quedándome. También nos llevamos dos Faulkner, dos Sthendal, dos Raymond Chandler y una antología de Bukowski que se quedó él cuando dijimos adiós. Recuerdo ir en el taxi de camino a casa con  la sonrisa hiriéndome la cara, cuando el taxista me miró por el retrovisor para preguntarme si estaba enamorada. Sí -le dije, y me sorprendí con mi respuesta-. Era la primera vez que lo decía en voz alta y lo estaba haciendo frente aquellos autores que apenas iba a conocer. Un desconocido se había atrevido a preguntármelo y lo mínimo que merecíamos él y yo era una respuesta. Sí -repetí-. Y él sonrió entre pícaro y superior la compadezco y le subió el volumen a la radio. Recuerdo que me aferré a mis libros y le sonreí, dejando pasar el comentario sin saber que mientras la música sonaba, el mundo era un lugar hermoso en septiembre de 1996, muy lejos de este presente sombrío desde el que ahora escribo confundida por mis miedos, por mi amor.

2 ene. 2016

recuerdo que en los últimos meses discutíamos mucho. cuando él había gritado la última palabra -solía ser él quien lo hacía- yo me quedaba quieta y esperaba el portazo que indicaba que se había marchado a la calle o al bar o donde fuese que fuera. inmediatamente después corría a la cocina y abría los armarios y la nevera, sacaba todo lo que me llamara la atención y lo desperdigaba en la encimera de mármol negro. me daba igual el orden: chorizo, magdalenas, queso curado, tostadas de seis cereales, yogures de limón, nueces, galletas con mermelada agria. mezclaba los sabores de la misma forma con la que mezclaba los reproches que nos habíamos intercambiado, sin conseguir recordar si él me había acusado de neurótica o yo de mentiroso. luego me metía en la cama y me tapaba entera, intentando ignorar los rugidos de una tripa embutida y dolorida. él se acostaba horas después y me daba la espalda, asegurándose de que ningún centímetro de su piel tocaba la mía. por la mañana, antes de lavarme la cara, me miraba en el espejo del baño, de perfil. ponía mis manos encima de la tripa abultada y presionaba con suavidad para allanarla. cuando quitaba las manos reaparecía la carne generosa que iba sobrealimentando con cada pelea. mi vientre crecía de odio y de insultos y observé que, a diferencia de las mujeres llenas que guardaban ecografías en sus pequeños bolsos, mi recorrido se hacía al revés, invertido. no había amor. no había vida, sólo sobras, alimento podrido.
el día que se marchó definitivamente -ese día no hubo portazo- me asomé al balcón para recorrer sus últimos pasos con la mirada. mi carne flácida sobresalía por entre los barrotes oxidados de la barandilla del balcón. él levantó la cabeza, quizá para decir adiós con la mano. quizá no. yo metí la tripa para dentro, como hacen los señores mayores cuando salen de un baño en el mar y tienen delante una chica joven que creen que los mira, y dejé de respirar unos segundos. bajé la vista y me miré, cóncava, vacía, sin vida ni amor. cuando volví a desplegar mi estómago vasto él había torcido la esquina.

2 dic. 2015

Recuerdo que incluso siendo muy pequeña ya me era muy difícil dormir. Permanecer tumbada era un suplicio, con toda aquella energía infantil hirviendo en mis venas. Daba vueltas, cerraba los ojos con fuerza y volvía una y otra vez a abrirlos, temorosa de lo que podía estar ocurriendo allá fuera. Mi mente recorría caminos extraños, creaba, destruía, y llenaba la habitación de atmósferas asfixiantes. Deseaba levantarme, pero imaginaba que el suelo había desaparecido, que debajo de mi cama un ser tenebroso esperaba para alimentarse de mis tobillos huesudos, o que al salir de mi habitación podía irrumpir en una dimensión diferente, que se expandía sobre nuestro mundo durante la noche, y que al penetrar en ella nunca podría regresar. Cuando mi desesperación me arañaba el estómago me atrevía a romper el silencio, de una sola vez, con fuerza, mamátengosed, o mamánopuedodormir, o simplemente mamá. Y entonces me encogía de terror ante lo que podía desencadenar mi atrevimiento, y a  veces mi madre acudía, y a veces no, pero en cualquier caso eso nunca atraía al sueño.


Antes de dormir deberías rezar, me dijo mi padre. No sé rezar, no sé qué es eso. Me dice que rezar es hablar con los muertos y pedir que te protejan. Me dice que hable con mi abuelo, con su padre, y me sorprende pensar que mi padre tenga a su vez un padre, y que además sea un muerto. Y me dice que su padre es ahora un ángel que me observa toda la noche y se asegura de que estoy bien. Sé lo que son los ángeles, tienen que ver con dios y el cielo.  Arrodillaté, pon las manos así, hablalé. Y yo lo hago porque me lo dice mi padre, pero tengo miedo, tengo miedo de estar de rodillas, tengo miedo de hablar con seres invisibles. Hazlo en tu cabeza, tienes que hablar en tu cabeza y él te oye. Entonces cierro los ojos y pienso, por favor vete, no estés en mi cuarto. Y me meto en la cama con aún más miedo, porque este ser no lo he inventado yo, éste viene de fuera de mi cabeza. Y  lo repito cada noche, y el sueño es cada vez más esquivo.

21 oct. 2015

Recuerdo tu cuerpo como ya no es ahora. Estrecho y delgado. Vulnerable a los abrazos y al peso de las hojas. Los dientes blancos de no haber fumado todavía. El sabor a chicle de menta en la boca. La lengua roja por las moras y las piernas arañadas por las zarzas. Tus manos rubias de príncipe -esos dedos temblorosos y blancos como si fueran rayos-  cerca de mis manos sucias de jugar sola. Nuestras cabezas pensándose desde la misma altura.  
Recuerdo atravesar cristales para alcanzarte los ojos. Ignorar el reflejo, buscar tu pupila, el cristalino curvado como el horizonte en la costa. Hablarte más cerca de lo que en realidad estaba. Olerte ese olor, mi magdalena de Proust, que perdiste a los quince y que ya no pueden oler las que te huelen ahora. 

Recuerdo tu cuerpo en el río, y recuerdo mi cuerpo en la orilla, esperando a que dijeras mi nombre o a que te tragaran las aguas. 

14 oct. 2015


Recuerdo que a los ocho años estaba convencida de que no lograría ser grande, como llama uno a esa edad a la gente que no le pide permiso a sus padres para salir de casa. Por aquel entonces eso era lo único que quería: ir y venir sin tener que detenerme en el umbral de la puerta a explicar por varios minutos que iba a la casa de Andrea porque cumplía años. “Ocho años, mamá”. Como si aquello fuese una carrera de vida o muerte, sacaba la cuenta con mis dedos y los números no me daban: ocho más para graduarme del colegio, y diez para ser mayor oficialmente. La vida era infinita entonces y el tiempo entre mi presente y mi futuro era terreno fértil para tragedias que iban a acabar con mi vida antes de cumplir mi sueño: un arroyamiento, un terremoto como el de Armenia, un asalto que salió mal, una enfermedad incurable. Las noticias por entonces aumentaban mi abanico de posibilidades y espesaban el tiempo de espera.

En una ocasión, durante un viaje de carretera, mi tío no pudo mantenerse despierto frente al volante. Eran las 12 de la noche cuando invadió el carril contrario y se fue de frente contra un camión. El chofer, un señor barrigón con bigote blanco, aunque intentó esquivarnos, nos embistió por un costado, sacándonos de la carretera. Cuando lo vi bajarse del carro tembloroso y con la cara ensangrentada, me dije a mí misma “lo sabía”, como si me sintiera el fantasma de una niña que acaba de morir con un sueño inconcluso. Pero no. Pasaron diez años, doce, quince, y me hice grande. Periodista, escritora, lectora y nostálgica, pero grande. Me di cuenta tarde de que es más fácil querer ser adulto que querer ser niño nuevamente. Lo primero por un tema de curiosidad y lo segundo, de experiencia. 

Cuando naciste me entregué a enseñarte lo que sabía hasta ese momento a cambio de que me dejaras acompañarte. Y lo logré, o eso me gusta pensar. Recuerdo que un sábado en la tarde, todavía en pijama, te acostaste en el piso junto a mi cama a mirar la pared blanca que te quedaba en frente. Tu silencio me intrigó hasta los últimos días, cuando guardabas la calma y las palabras para ti mismo y apenas emitías sonido para quejarte del dolor. Pero en ese momento, como tantos otros días después del colegio, te acostaste en el piso junto a mi cama en silencio porque yo también estaba callada y era así como formábamos nuestro pequeño hogar. En medio de una pausa, te vi con una mano debajo de la cabeza  y la otra a lo largo del cuerpo. Tenías los pies al lado de mi cabeza y desde donde yo estaba acostada, te veía la cara de frente. Me atreví a interrumpir. “¿Tú qué crees que te pase después de que te mueras?”. Entonces me pareció pertinente plantearle semejante misterio a un niño de ocho años que me buscaba para estar solo; ahora es una pregunta que duele. “No sé”, respondió a secas. “¿Crees que me vas a ver desde arriba?”, insistí. “No sé”, respondió con aún más desinterés. “Tienes que leer más porque cuando yo me muera todos mis libros van a ser tuyos”. Él me pidió que no lo hiciera. “Cállate, no seas boba”.


Recuerdo que no se lo pedí de vuelta porque a los ocho años la muerte es algo que le pasa a los ancianos o a los perros enfermos. No a un niño. No a mi niño, que prefirió irse mientras yo no estaba, como un intento de preservarse en mí. Recuerdo que estoy sola cuando lo recuerdo.