2 feb. 2012

Recuerdo que entonces, en aquella casa, tú y yo compartíamos habitación. Una maltrecha puerta plegable dividía en dos la estancia, brindando esa escasa intimidad que necesitaban dos hermanos. A veces, te colabas en mi porción de mundo, cuando los papás dormían. Te sentabas en mi cama, siempre con un libro o un cómic bajo el brazo, que con cariño me leías. Yo era tu segundo hermano pequeño. El que se quedó.

Cuando dabas por terminada la lectura, me dejabas tus historias entre los brazos, y salías a dar una vuelta. Entonces eras un adolescente, y vivías como tal. Yo me agarraba fuertemente al libro, apagaba la luz. Pero no dormía. No podía dormir hasta que escuchaba de nuevo la cerradura que anunciaba tu vuelta. Entonces, dejaba de murmurar, y suspiraba tranquilo. Fuera, ahí en la noche, el mundo era desconocido, gigante, amenazador. Pero no andabas solo. Yo iba contigo.

Mi porción de mundo siempre estaba incompleta, cuando tú no estabas en ella.

2 comentarios :

  1. Señas de identidad. Es un privilegio poder compartirlas (contarlas)(recordarlas) con quien se vivieron. Creo que no suele suceder porque no se dan fácilmente las condiciones (¿emocionales?) necesarias.
    Por cierto, me asomé al perfil y me sorprendió agradablemente ver entre las preferencias literarias obras como Noches blancas, Franny y Zooey, Los miserables, El guardián o El lobo estepario.

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  2. Es curioso como alguien puede hacer del mundo un libro.

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