1 feb. 2012

Recuerdo aquella noche, ya de madrugada, en la que tras atravesar la puerta de la casa de mis padres corrí a la ventana de mi cuarto, con la vana esperanza de ver al menos tu coche, bueno, el coche de tu madre, desapareciendo en la lejanía. La noche estaba fría y silenciosa, y tú estabas allá abajo aún, apenas te distinguía entre las hojas de los árboles, quieto y etéreo, como un fantasma. Intuí que te recogías las mangas, y me estremecí de frío por ti. Y de repente comenzaste a correr.

En la oscuridad de mi habitación me senté en el suelo, me tapé la boca con las manos y comencé a contar, intentando tranquilizar así a mi cuerpo. No conseguí dejar de llorar hasta que tiempo después escuché el motor del coche arrancar y alejarse. 

Creo que fue en aquella ocasión cuando al fin lo entendí todo. Lástima que fuese tarde.

1 comentario :

  1. Este pasaje te deja pensando. Hay claves internas, silencios insondables para quien lee, pero no obstante, conmueve.

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