10 feb. 2012

Recuerdo como me mirabas, intentando traspasar mis pupilas y ver más allá. Jugabas con mi mano, recorriendo despacio las líneas, una a una. Estábamos en la parada del metro que llevaba a nuestro apartamento en París, Jourdain. Era por la mañana y estábamos dispuestos a conquistar la ciudad. Mis ojos estaban tristes, y tú intentabas saber porque yo podía estar triste en París, porque tenía la mirada perdida en los rostros desconocidos del metro. Era aquella atmósfera, la gente corriendo, el cielo gris al salir del metro, el frío, el Sena tan triste como mis ojos. Era un grito contenido, las ganas de querer parar ese instante y hacerlo eterno, de no irnos nunca de aquel París.

Recuerdo que de repente comenzó a sonar por los pasillos “La vie en rose” y yo sonreí, y mis ojos cambiaron de color. Comencé a bailar de tu mano y cuando me miraste lograste traspasar mis pupilas. Eras tú, estabas ahí, éramos nosotros, sonaba nuestra canción y había conseguido atrapar ese instante para siempre. París siempre seríamos nosotros. Aquella estación de metro aún tenía nuestra voz revoloteando por el aire, los abrazos, cada beso. Aquel baile interminable en el que te pedí que te quedaras para siempre. Y tú, sonriendo, prometiéndome que bailaríamos cada noche Edith Piaf. Ese sería nuestro secreto.

3 comentarios :

  1. Idílico. Habrá quién, posiblemente, no experimente nunca algo así. Que crea que ni existe. Pero de hecho cosas así son la máxima expresión de eso que puede ofrecer una vida compartida.

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  2. ¿Y qué hago yo, en París y sin canción ni momento único, ni persona para compartirlo? Me encanta tu blog, Clementine, pero hoy me has puesto triste...

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  3. Me encanta el comienzo: "Recuerdo como me mirabas, intentando traspasar mis pupilas y ver más allá". Es genial!!

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