19 feb. 2012

Recuerdo como nos despertábamos con ojeras en aquella casa que siempre olía a mar. Nos daba pereza levantarnos a hacer el desayuno y nos quedábamos en la cama hasta que no quedaba más remedio que despegarnos de las sábanas. Caminábamos por el pasillo hasta llegar a la cocina y mientras tú hacías el desayuno yo me sentaba en la terraza a mirar el mar. Estaba tan cerca, casi podía tocarlo. Olía a café y a mar, te besaba, te contaba secretos, desayunábamos hablando de la noche anterior. Después nos poníamos cualquier cosa, yo un vestido bonito, tú, un pantalón corto, bajábamos la cuesta que llevaba a la playa, y seguíamos caminando hasta lo que yo llamaba la ciudad del viento. Un pueblo perdido con todas las casas deshabitadas y un par de playas hermosas. De camino intentaba fotografiar cada instante, el suelo, las flores, aquel olor de verano, los abrazos, un beso por cada fotografía.

Cuando llegábamos a la playa, yo me sentaba a leer y tú cerrabas los ojos y escuchabas el mar. Y allí nos pasábamos el día, la vida, dejábamos pasar las horas por encima de nuestra piel y nos cogíamos la mano en silencio. De vuelta a casa, yo me perdía en el atardecer y tú me colocabas flores en el pelo. Volvíamos rendidos, sabiendo a sol y a sal y con el mar pegado en la piel. Recuerdo como te susurraba al coger el ascensor de vuelta a casa: Eres mi mar. Siempre serás mi mar.

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