5 feb. 2012

Recuerdo escuchar un despertador lejano, el ruido de un peso desplazándose, unos pies posándose sobre las pantuflas al pie de la cama, unos pasos, tus pasos, lentos y acompasados. Si prestaba atención escuchaba tu respiración, aún hoy si cierro los ojos puedo hacerlo. Luego el grifo, el agua a presión, la tos que siempre te duraba un buen rato. Pasos que se alejan, el roce de la tela de tu camisa y el sonido tan peculiar de la hebilla del cinturón, ese accesorio que nunca faltaba, y el roce de los cordones de tus zapatos al entrelazarse.

Agazapada en la cama, conteniendo la respiración como si ese ruido fuera a ensordecer todos los que necesitaba oír, esperaba el siguiente movimiento. Mi corazón se aceleraba a medida que tus pasos se acercaban hacia donde yo me encontraba. Te veía pasar lentamente, cojeando y soportando un dolor que se veía reflejado en la eterna mueca que se dibujaba en tu cara.

Entonces abrías la puerta para marcharte y yo me mordía la lengua para no decirte que te había escuchado, que tuvieras mucho cuidado, que deseaba que pasaras un buen día, que te quería y deseaba que volvieras. A veces no podía soportarlo y las palabras se escapaban temblorosas de mis labios justo después de que desaparecieras casi sin hacer ruido.

Aún hoy cada mañana me despierto a la misma hora y espero escuchar un despertador que no suena, unos pasos que ya nunca volverán a a recorrer los pocos metros que nos separaban y sigo viéndote sin verte cruzar esa puerta que un día cerraste tras de ti y que aún te espera, igual que yo, triste y en silencio.

3 comentarios :

  1. Algunos sobrevivimos a la ausencia, pero pagamos siempre un precio.

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  2. Tal vez por eso nuestra parte esencial de tristeza, porque somos incapaces de olvidar todos esos fragmentos donde dejamos el alma.
    Precioso.

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