27 feb. 2012

Recuerdo sentirme feliz en aquella cocina gigantesca, fría, atestada de los reflejos que provocaba el neón sobre las superficies de acero cepillado. Aquella cocina desierta, silenciosa hasta nuestra llegada, ya pasada la media noche. Recuerdo discutir sobre la elección del chocolate, -discusión que sólo tuvo fin al decidir hacer dos recetas- Recuerdo leer una y otra vez cada paso por miedo a equivocarme en algo. Recuerdo lo divertido que encontré garrapiñar los frutos del bosque, la cremosidad del praliné que lentamente se derramaba en cada molde, previamente cubierto de una delgada capa de cacao. Recuerdo el hermoso aspecto que otorgaba aquel polvo dorado a cada lingote.
Recuerdo una verdadera y profunda ilusión mientras estaba allí cocinando, que creo, sólo nace al dar.

Lo que no recuerdo, no consigo descifrar, es en qué momento decidí que iba a llevarte bombones, y que con algo de ayuda, los iba a hacer yo con mis propias manos. Supongo que porque la mayoría de los actos hermosos llegan así, sin conocer la manera en la que lo hicieron. Supongo que porque son esos los que alcanzan su nacimiento en lo más profundo del alma, y no han pasado antes por nuestras cabezas, pues con la razón nada tienen que discutir.

Un día después, durante el trayecto, temí que se rompieran o arruinaran de alguna manera. Pero finalmente llegaron a tus manos en perfecto estado. Con una sonrisa tímida y contenida abriste el envoltorio con manos delicadas, y los saboreaste. Fue entonces cuando sentí que la receta estaba terminada. Que sólo podía tener su punto y final entre tus labios.

Ha pasado el tiempo. No he vuelto a hacer bombones.

1 comentario :