12 mar. 2012

Recuerdo coger el autobús delante de mi apartamento en aquella urbanización a las afueras de Burdeos. Siempre pasaba a la misma hora. El conductor siempre iba demasiado deprisa pero yo ya estaba acostumbrada.

En mis oídos sonaba la música de esa cinta que me habías grabado. A mí, pensando en mí, lo habías dicho. Y yo buscaba en cada letra de cada canción una esperanza y leía entre líneas y soñaba con lo imposible.

Al bajar del autobús, siempre el mismo recorrido por las calles de la Ciudad Gris, como yo la había bautizado. Podía hacerlo con los ojos cerrados, a veces los cerraba y me dejaba llevar. Pero siempre aparecía allí delante. Una pequeña librería de viejo con libros hasta el techo. 

Primero revisaba las cajas que ponían fuera, luego entraba dentro y el tiempo volaba.
Salía de allí cargada de libros, de nuevas historias en las que sumergirme, andando como si flotara. 

Deseaba coger el bus de vuelta, llegar a casa, ponerme cómoda y perderme entre las páginas llenas de palabras que otros ya habían vivido y que ahora me darían a mí dos vidas.

Era mi forma de supervivencia, mi alimento, lo que me daba fuerzas para plantarme ante ti un día y demostrarte que a pesar de ti (de nosotros), sonreía.

1 comentario :

  1. Los recorridos, las calles que se convierten en rutina, me parecen la pura representación de la nostalgia; esa sensación de los pasos que un día nos llevaron aquí o allí, y que de alguna manera, siguen resonando en aquellas esquinas, aquellas aceras... podría relatar al menos cuatro o cinco recorridos, en distintas ciudades, y no me dejaría una sola tienda en la descripción.

    ResponderEliminar