16 mar. 2012

Recuerdo los nervios en el autobús, algo mitigados por la brisa mediterránea, por las canciones que sonaban a través de aquel viejo discman. Recorrí, como tantas otras veces, los escasos pasos (que siempre me parecían demasiados) que separaban la desértica parada del coche de línea, de aquel adosado tan nuestro. Giré la esquina del pasadizo que compartíamos con nuestros vecinos, y empujé la portezuela de forja blanca del patio. Estaba abierta. A los pies de la puerta de entrada, encontré una nota que me invitaba a pasar dentro. En el salón, recuerdo encontrar otra sobre el sofá, que ahora me dirigía al mueble del bar. Descubrí allí el primer regalo del día, y un papel más. Esta vez tocaba ir a la cocina, nada menos que a investigar el congelador. La sonrisa ya estaba plenamente asentada en mi rostro, cuando una última nota me alentaba a subir a la habitación donde me esperabas, para despertarte.

En aquel momento pensé en lo hermoso que era saber que había en el mundo personas con aquella dedicación por el detalle, con esa capacidad de demostrar una emoción.
En realidad, nunca me han querido tanto. Ni tan bien.

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