29 mar. 2012

Recuerdo, que era pequeña y lo recuerdo porque mi barbilla no llegaba al borde de la mesa, y tenía que ponerme de puntillas cada vez que quería que alguien me hiciera caso. Vivía en aquella casa, alejada del mundo y rodeada de campo. No había niños cerca, y me dedicaba a inventarme juegos solitarios para poder divertirme. Unos días era la dueña de un hotel, y alquilaba habitaciones a señores importantes de negocios, que apuntaba en mi libreta. Otros, me dedicaba a filmar con una cámara de juguete todas las cosas bonitas que había alrededor de mi casa, “mira, esta flor es una margarita y florece cuándo sonríe”. También cosía trajes para mis gatos, porque a veces tenían celebraciones y tenían que ir bonitos. Y mi gato blanco y negro llevaba un sombrero y mi gato negro un vestido azul. Y no les gustaba nada. Los días de lluvia me encerraba en el salón con un libro de los Hollister, música de fondo y devoraba las aventuras de aquellos niños, siendo por un momento una importante detective que tomaba limonada y luchaba contra los malos. Y era una calma bonita. No necesitaba nada más que aquella imaginación desbordante que me hacía contarles historias a los gatos. Coger un ramo de margaritas cada mañana y ponerlo en un jarrón. Sentarme a dibujar. Esa calma, preciosa, infinita, que uno siente cuando es pequeño y el mundo se le antoja inmenso. Cuando lo más importante es llenar el tazón de cereales y dibujar dinosaurios.

3 comentarios :

  1. Ufff, y a mí. Me he sentido muy identificado. Qué hermosa es la imaginación de un niño, y qué bueno es conservar parte de ella a pesar de la edad.

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  2. Me he sentido muy identificada. Recuerdo que cuando leía "Los Cinco", bebía cerveza de jengibre a todas horas en mi imaginación.
    Un guiño ;)

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