6 mar. 2012

Recuerdo que ocurrió en aquel pasillo, justo delante de la doble puerta que daba al salón. El día era de una luminosidad cegadora, uno de esos días de primavera que azota las calles de Valencia hasta impregnarlas del olor del levante. Los rayos del sol iluminaban cada rincón de casa, y alcanzaban incluso la puerta de entrada. La atravesaste descompuesto, roto, y cuando viste a mamá en el pasillo, te acercaste a ella. No corriendo, pero sí con ese deseo del que necesita deshacerse en alguien con imperiosa urgencia. Era la primera vez que te veía llorar, y un hijo jamás olvida la primera vez que ve llorar a su padre. El abuelo había fallecido, después de años de lucha contra un cáncer. El abuelo, tu padre, había muerto, y yo no experimenté un sólo gramo de pena. Jamás me sentí cercano a él, no recuerdo un sólo detalle compartido. Nada. Una nada absoluta me asaltaba, y recuerdo sentirme culpable por aquella aparente insensibilidad. Pero verte así, eso sí me hirió. Y las lágrimas recorrieron mis mejillas quemándome como agua hirviendo. Me miraste, y también a mí me diste un abrazo.

No me importa que sigas pensando que aquellas lágrimas provenían de la pena por la desaparición de un abuelo que nunca tuve. Sólo sé que en aquel momento te quería con locura, y quería estar ahí para no verte nunca más de aquella manera.

4 comentarios :

  1. La nitidez de ese recuerdo te honra. Tal vez un padre pone tanta intensidad en sus hijos que les queda poca para los nietos.

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  2. un hondo espíritu se deja entrever siempre en tus palabras, tanto aquí como en la caja. Una profundidad a la vez sencilla, a la vez única.

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  3. Me he sentido identificada con tu recuerdo tanto que he revivido el mío.
    Creo que ver llorar a un padre o una madre es de las experiencias más duras por las que tenemos que pasar.

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  4. Muy duro. Acabas de erizarme la piel.

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