8 may. 2012

Recuerdo buscar mi bicicleta entre los miles de bicicletas aparcadas, una especie de amasijo de metal y caucho tan grande como la zona de aparcamiento en la que había que dejarlas.
Dejaba mi bolso y mi carpeta en la cesta, quitaba el candado, la sacaba, me montaba y me dirigía por el camino que rodea el campus hacia la salida. Saludaba al vigilante inclinando la cabeza y diciendo siempre lo mismo: "sayonara". Curiosa palabra y sencilla de aprender incluso para los que llegaban allí sin saber ni una palabra del idioma.
Pasada la puerta me invadía una tremenda sensación de libertad que no había sentido antes. Lejos de mi país, de mi casa, mi familia y amigos, viviendo una nueva vida rodeada de desconocidos que hablan una lengua tan distinta y complicada, a pesar de llevar años estudiándola, me sentía libre y feliz como nunca, dueña de mi camino, de mis acciones y mi tiempo.
Hace algunas semanas volví a pasear por esas mismas calles, a hablar esa lengua distinta que tanto amo y a la vez tanto odio, a recorrer el camino que separaba mi universidad de la que era mi casa, esta vez a pie, inclinando mi cabeza y diciendo "sayonara" al vigilante y sintiendo la misma exacta libertad que sentía entonces y que sin saberlo tanto echaba de menos.

3 comentarios :

  1. Una siempre se siente más libre cuando se encuentra despojada del peso de su hogar. El miedo desaparece...
    Un fuerte abrazo :-)

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  2. La sensación de libertad nos proporciona la posibilidad de decidir, la facultad de elegir con la parte más pura de la voluntad.
    Qué maravilla poder hacerlo, poder decirlo, poder recordarlo.

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  3. Me ha gustado mucho. La entrada y tu blog. Nos leemos ;)

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