25 jun. 2012

Recuerdo que me senté en uno de los muchos bancos que pueblan Dupont Circle. Apoyé  los brazos en el respaldo, y respiré hondo. Era mi último día en Washington, y yo me sentía como Holden Caulfield cuando habla sobre aquello de despedirse de los lugares. Porque es cierto, si no lo haces, luego da más pena. Ya había abandonado muchos sin poder hacerlo, y esa vez no estaba dispuesto. Subí por Connecticut Avenue, como tantas otras veces había hecho, para despedirme poco a poco todas esas tiendas de vinilos, librerías y restaurantes que yo había frecuentado. Después de formalizar mi adiós con ellas, volví sobre mis pasos, hasta llegar a Farragut Square, McPherson, y continuar de vuelta al norte por 15th. Es sorprendente a qué velocidad, aquellos rincones nuevos, esas puertas y aceras, habían pasado a familiares, a íntimas. Después de pasar el día de aquí para allá, sin un plan demasiado fijo, como vagando mientras intentaba memorizar cada aroma, cada ruido, cada color y reflejo, me planté, ya al ocaso, en Massachusetts Av. donde yo tenía el apartamento. Me giré una última vez. Quieto un instante, no sé, quizás fueron segundos o quizás minutos. Saqué la cámara para hacer una última foto. Dejaba aquella ciudad. Pero incluso con algo de nostalgia, y sin saber si volvería o no, sentí que había hecho lo que debía. Una leve sonrisa me asomó entonces, bajo la bufanda roja.

8 comentarios :

  1. Este texto me da unas ganas increíbles de viajar. Yo no creo que sea necesario tener miedo a decir adiós, abandonar, coger todo e irte, cambiar de aires. (aunque seguro que guardas un trocito de la ciudad muy, muy dentro; que parece muy bonita)

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  2. Lo terrible es algo de ésto, saber que quizá, no volveremos nunca más a pisar ciertas ciudades...como a no leer ciertos libros...desolador!

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  4. Dice Jeveur que el texto da ganas de viajar y no lo niego (yo siempre quiero :) pero, da más ganas aún de reforzar el vínculo invisible que nos une a determinados lugares. Creo que eso es porque vamos dejando pedazos de alma en algunos sitios y eso va formando nuestros particulares paisajes íntimos, donde los espacios se funden con las emociones.
    Me parece casi vergonzoso que todavía no conozca NY pero tampoco quiero ir a estas alturas de cualquier manera, quiero hacerlo bien. Allí quiero encontrarme con Holden, y con Franny y Zooey, y con Clara, y con las canciones de Dylan y de Paul Simon en el Village y con las sombras de Lou Reed y los gritos de David Byrne, y los personajes de Coppola y Scorsese, con los proyectos de salida de Sal Paradise y Dean Moriarty.. con muchas cosas.
    Sí, yo creo que hiciste lo que debías. Le debemos ese diálogo mudo y ese ritual a ciertos lugares. Nos lo debemos a nosotros mismos.
    Lo has descrito de una forma preciosa

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    1. No, preciosa ha sido la tuya! Porque es totalmente cierto, has acertado, yo me he dejado en todos esos lugares un poco. Y a cambio, ellos me dejaron a mí un trozo con el que rellenar el vacío. Por eso estoy como repartido por muchos sitios, estoy en Murcia o en Donosti, estoy en Tarragona o en París, en Requena o Bilbao, en Sevilla o Madrid, en París o en NY... pero todo ello depende indefectiblemente de los ojos con los que miramos. Yo miro desde la fascinación. Todo me impresiona, me sorprende. Todo me impregna.

      Te contaré, por cierto, que unas chavalas sentadas en un parque cercano al nuevo ayuntamiento de Nueva York me sorprendieron interpretando con una vieja guitarra y sus buenas voces ésto (entre otras cosas)

      http://www.youtube.com/watch?v=My9I8q-iJCI

      Y sí, yo, de las primeras cosas que hice cuando recorrí Central Park en invierno, fue buscar los patos. Es lo que tienen las historias de Salinger.

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    2. "Seguimos" en NY: Después del atentado de las Torres Gemelas un períodico (El País o El Mundo) publicó un artículo especial (y magnífico) sobre la ciudad y lo que suponía para nuestros mundos particulares la conociéramos o no. Voy a buscarlo entre mis cosas y si lo encuentro lo escaneo y te lo envío. I am a rock, qué recuerdos. Te voy a contar una cosa simpática que le pasó a un amigo. Estuvo trabajando de botones en un hotel en Londres un año después de estudiar para mejorar su inglés. Un día le dijeron que subiera a llevar algo que habían pedido en una habitación y le dijeron que quien se alojaba allí era Garfunkel. El hotel no era muy bueno y supuso que se trataba de una broma más de las que se gastaban entre ellos. Llamó a la puerta y cuando le preguntaron desde dentro quién era, el contestó: "Mrs. Robinson". Luego se abrió la puerta y apareció la jeta contrariada de Art Garfunkel y dijo: "muy gracioso" :)

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    3. Jaja, la anécdota es grandiosa.

      Hay algo curioso. Sentí una emoción tremenda al asomarme por la ventanilla del avión y ver las luces de Nueva York encendidas. Rhode Iland, después Brooklyn, Queens (donde me alojaba) Manhattan... en los días siguientes la sensación era de familiaridad. Tal es la exposición al macrocosmos que es Nueva York, tan grande es su impresión en el imaginario colectivo, que yo sentía como si aquel lugar fuera familiar. Mi mejor recuerdo? Sentarme a tomar una cerveza de trigo en Stone St., una de las pocas calles delimitadas por edificios de baja altura. Un oasis cerca de Wall Street, con el puente de Brooklyn casi a la vista. Era como un sueño. Indescriptible. Sin embargo, hay momentos que están hechos para compartir, a causa del componente mágico que tienen. Y me sentí solo en ese momento.

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  5. Intento pensar que los adioses son en realidad hasta luegos. Siempre existe la posibilidad de volver, que después será real o una simple manera de engañarnos a nosotros mismos para hacer menos amarga la despedida.

    Un saludo
    Ehse

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