9 ene. 2013

 
   Recuerdo una manta bordada estilo patchwork, las tazas de porcelana con motivos florales, mi edredón, el fuego a tierra, una desgastada pastilla de jabón... aquella casa era como un enfermo que parece saludable. Pero los síntomas eran cada vez más palpables. Recuerdo que, viniste a mi habitación para confesar que habías descuartizado mis secretos. Lo dijiste con cierto tono infantil, como si en realidad no fueran esa clase de secretos tan secretos. Respiré hondo. “Vete de mi habitación.” Y las puertas volvían a sangrar. Estaba al límite. Las bacterias se desarrollaban. Fue entonces cuando te llamé sollozando, preocupada por el efecto negativo que podían rebelar esos secretos. Escondida en la vieja cabaña de madera, me contestaste “No, no me has decepcionado, nunca lo harás pequeña”. Y al salir de la improvisada guarida, el frío de la noche me oprimía. No quería estar más allí. No sabía dónde quería estar. No tenía dónde estar. Sí a dónde ir.

3 comentarios :

  1. Las casas y sus síntomas...Un abrazo.

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  2. Hay lugares y momentos que se marcan profundamente el paisaje de nuestras vidas y que nunca se sabe bien qué vida van a tener en la memoria. Pero aparte, lo fundamental de nuestros secretos y el valor incalculable de quienes pase lo que pase siempre estarán, incondicionalmente.

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  3. Saber a dónde ir, eso es mejor incluso que estar ya allí. Es lo que va antes.

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