13 nov. 2013

Recuerdo que fuiste la primera en conocer aquel lugar íntimo. A la que dejé entrar. Por alguna razón, todos los rincones donde estaba mi vida escrita se encontraban alejados, ya presa de la corrupción inapelable a la que someten el olvido y el tiempo su superficie. Esa superficie clara, trémula, pero que apenas deja vislumbrar el interior aciago, de la muerte y la pérdida.

El rincón era un trozo de paz y silencio, un espacio hermético, inerte. Así suelen ser los cementerios. Recuerdo sentirme de nuevo extraño al ver mis apellidos en una lápida, en esa superficie desprovista de brillo, donde apenas destacaba el bajorrelieve de una cruz junto a un nombre.  El rostro se me desencajó rápidamente, y recordé que la infancia acaba cuando descubres que las personas se mueren, que no vuelves a verlas. Creo que me abrazaste en ese momento, y la grava bajo mis pies dejó de ser el único ruido circundante.
Al irnos plantaste un beso en el mármol. Pensé que todo el mundo hubiese querido una hermana como tú. Que lo habrías hecho mejor que yo, dar dignidad a semejante título.

No hubo palabras durante la vuelta. 
Caí en la cuenta de que los lazos más fuertes, son invisibles.

6 comentarios :

  1. Creo que ahí se acabó mi infancia, el día que le pregunté a mi madre si yo también moriría, y ella dijo sí, todos. No olvido esa escena. Me estremeciste.

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  2. Yo tengo de hermano a ti, tarde, pero mejor que nunca.

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  3. Y a mí no me importaría que fuérais los dos mis hermanos, P y SF. Yo recuerdo el momento en que dejé de ser niño, fue demasiado pronto, y no fue cuando descubrí que las personas se mueren, sino cuando me di cuenta lo que las personas pueden llegar a sufrir.
    Tus textos, P, siempre diciendo tanto.

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