28 feb. 2014

recuerdo cómo me exasperaban las llamadas de los domingos a las nueve de la noche. cómo estás, has cenado, sí, yo estoy bien, pero esta espalda que no termina de… y así comenzaba una conversación que ya habíamos tenido el domingo anterior y el que fuera a venir la semana siguiente. algunas veces yo apartaba el teléfono de la oreja o ponía los ojos en blanco porque tenía mil cosas qué hacer y él, sin embargo, parecía disfrutar contándome que sus tomates no maduraban o cómo había cocinado una cola de merluza que había comprado el sábado en el mercado. te he guardado un par de trozos, para cuando vengas, decía siempre y yo contestaba que no hacía falta, que no se molestara, pero él parecía no escucharme porque siempre separaba una porción y la guardaba en el congelador, para cuando fuera a visitarle. después, pasados los veinte minutos, como si de repente se diera cuenta de que yo podía estar ocupada o sospechara que lo que contaba me estaba aburriendo, se excusaba, se despedía y me pedía que me cuidara mucho y que fuera a verle cuando quisiera, que no tenía ni que avisar. recuerdo colgar el teléfono con alivio, volver a mis tareas, siempre tan importantes, y olvidarme de él durante toda la semana.
un domingo dejó de llamar. ese mismo día yo estaba a su lado, un poco apartada de la cama. pasamos todo el día con él, susurrando y caminando de puntillas para no hacer ruido. al atardecer algunos familiares salieron al jardín trasero a fumar y a tomar un poco de aire fresco. yo salí con ellos. la tierra húmeda se hundía con nuestras pisadas y algunos pájaros volaron de las copas de los árboles al vernos aparecer. pegados a una pared alta con hiedra rojiza que quedaba al fondo del jardín estaban los tomates que no crecían. me quedé plantada delante de ellos y empecé a contarlos, muy lentamente, todos pequeñísimos, picados en su superficie lisa por algún insecto y de un color verde apagado.
-venid, entrad de prisa, por favor. corred – gritó alguien desde la casa.

conté hasta doce. luego mi prima me cogió del brazo, tiró de mí y me condujo hasta dentro.

4 comentarios :

  1. Qué cuidados están los detalles en este recuerdo. El color rojizo de los tomates contrasta con la tristeza que desprende el resto del texto.

    Saludos

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  2. Es como una escena dirigida por Haneke. Hay una aparente frialdad en lo que se cuenta, en cómo se cuenta. Pero evidentemente no se queda ahí. De esas escenas que le aprietan la soga al lector.

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  3. Sí, coincido con Mon H y P: está magníficamente contado. Quien lo cuenta parece situarse para estar fuera, ajeno, para servirse tal vez de la objetividad, sin embargo, hay una indudable conciencia de culpa y autorreproche, que por otra parte también se excusa a sí misma en cómo transcurren normalmente las cosas: en que no podemos o queremos tener conciencia de que somos (nosostros y quienes nos rodean) algo efimero y breve. No sé si habrá alguien con un mínimo de honestidad para consigo mismo que pueda decir que no tiene algún recuerdo de esa naturaleza. Es un placer leer piezas así.

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  4. Qué nudo en el estómago, qué lágrima a punto de salir, qué ganas de salvar a los tomates.

    (sonrisa de elefante)

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