25 mar. 2014

Recuerdo que llovía y decidí guarecerme en una cafetería y tomarme algo que me hiciera entrar en calor, estaba calada hasta los huesos. Allí sentada y sola recordé la de veces que habíamos hablado de ver la lluvia caer a través de los cristales mientras al otro lado el mundo desaparecía al mirarnos a los ojos. 

Saqué el cuaderno que siempre llevo encima y me puse a escribir, necesitaba hablar contigo. Las horas pasaron mientras llenaba páginas y más páginas de reflexiones y recuerdos, de preguntas sin respuesta y de respuestas sin pregunta. También te decía lo mucho que te echaba de menos, lo distinta que era mi vida en tu ausencia y las ganas que tenía de volver a verte. Te pedía que aparecieras de repente al girar la esquina de una de las calles y corrieras a abrazarme y a besarme como en las películas esas que tanto me gustan y que ya no soy capaz de ver.

Mi carta terminaba con un te quiero y la firmaba con mi nombre, ese que tú usabas para llamarme y que me hacia sentir tan especial. 
Entonces recorté las páginas, las metí en un sobre y salí de la cafetería. Ya no llovía. Cogí el metro y bajé en la parada que ya conocía de memoria. Dejé que mis pasos me guiaran, no necesitaba pensar, podía hacer aquel recorrido con los ojos cerrados sin perderme. 

De repente recuperé la conciencia y allí estabas. Tu nombre escrito sobre la fría losa que nos separa. Tu precioso nombre, la palabra más bella que pueda existir y que sólo era capaz de pronunciar en mi mente. Decirlo en voz alta sin escuchar tu respuesta era tener que admitir que ya no la habría y aún no estaba lista para eso.

Saqué la carta del bolso y me senté para leerla en voz alta. Sabía que podías escucharme y aquello era lo más cerca que podía estar de lo que en un día fue tu cuerpo, la carcasa que te envolvía y que yo sigo amando. Al terminar,  la rompí en mil pedazos y dejé que se la llevara el viento.

Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras mis dedos dibujaban el contorno de cada letra como buscando la fórmula perfecta para que el genio de la lámpara apareciera y me concediera el deseo de tu presencia. 

De repente, una suave brisa me envolvió. Aquel olor a mar inconfundible era la señal que esperaba, lo que necesitaba para levantarme y no quedarme allí sentada e inmóvil para siempre. 

Mi mensaje había llegado. Y sabía lo que tenía que hacer. Una vez más. 

3 comentarios :

  1. Esas señales parecen mensajes de un dios inubicable...

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  2. Las palabras y la lluvia, el dolor y las lágrimas, el conocimiento del alma de las mareas para recordar que el amor puede llegar a ser más poderoso que la misma muerte.
    Qué bien contado, cuánta emoción contiene.

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  3. Me fascinan todas esas decisiones y acciones que emprendemos en pos de necesidades que muchos calificarían de irracionales. Quizás esas son las verdaderamente auténticas.

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