21 mar. 2014


Recuerdo que sus continuados pasos deambulando por la casa me despertaban. Cada vez era más habitual. Yo salía de mi habitación, nerviosa, sabiendo que ahí estaría, esperándome. Antes de saber dónde estaba, veía que todas las luces andaban encendidas. Quizás incluso un grifo abierto, dejando correr el agua, débil y estúpida metáfora de una memoria a corto plazo que se escapa. M. no tardaba mucho en divisar mi cara somnolienta, y con un tono de voz cándido, añadía “señorita, puede darme otras sábanas, las mías están mojadas”. “No se preocupe, ahora mismo lo remediamos” entonaba mi papel. Eran las tres de la mañana, tenía la mirada perdida, pero mostraba vivacidad, aún. De sus labios caía una fina gota de saliva. En aquella época sus músculos no estaban atrofiados, así que se movía con tranquilidad, a pesar del gas estando abierto y los cuchillos demasiado afilados. Convivir con M. durante aquellos amargos años era como hacerlo en un teatro. Ensayábamos una obra absurda: ella era quien decidía mi papel, siempre improvisándolo. A veces yo era una joven señorita, inventando ser ‘otra yo’, alguien que se parecía mucho a mi, pero que no era ‘yo’. Literalmente ella describía así mi interpretación y para que fuese notoria dependía completamente de M. Ella fingía que no me reconocía. Lamentablemente se ceñía a su papel demasiado, tanto que ni actuaba. Tanto que se permitía desprenderse de su memoria inmediata, dejándome perpleja. Una noche más, todo un éxito. Mientras los fantasmas de Stanislavsky y Brecht la felicitaban, –pues sólo teorizando el dolor y la enfermedad se sobrevive–, yo iba apagando las luces, el gas, y el grifo de turno, albergando la inexistente esperanza de que algún día yo no tuviese que recordar, por las dos, noches así.

4 comentarios :

  1. Andar a tientas con el temblor en el cuerpo... UN abrazo.

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  2. Hay papeples que uno jamás quisiera interpretar. Este es uno de ellos.

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  3. Tu relato es impresionante. Exquisito en la forma y estremecedor en el fondo. Cuando pienso en la vejez, no sé por qué, me viene a la mente la imagen de una bombilla transparente, de las de siempre, de baja potencia, alumbrando escasamente una estancia de paredes desnudas. Una bombilla sin lámpara ni adorno alguno, colgando de un cable y prendida por un simple casquillo. Me detengo en la frase "pues sólo teorizando el dolor y la enfermedad se sobrevive" y recuerdo mi creencia de que en cierto modo la vida es el escenario de una representación teatral, y que nuestra dedicación al desempeño de los papeles nos hace olvidar que es así. Pienso que esas situaciones, esa clase de experiencia que tú cuentas, nos despejan por momentos la niebla de los ojos, nos muestran la pepita desnuda del fruto perecedero en que consisten nuestras propias vidas y las de quienes nos rodean.
    Precioso y conmovedor.

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  4. Todos (quizás algunos más que otros) vamos almacenando recuerdos a lo largo de nuestra vida, ya que somos entidades con memoria. Luego, más tarde, y dependiendo de la configuración de la personalidad de cada uno, decidimos qué hacer con esos recuerdos, con qué frecuencia acceder a ellos, qué provecho sacarles, qué experiencia determinante y verdadera se esconde tras lo vivido. Ahí es donde encuentro fascinante este texto y lo que intenta mostrar. Este fragmento de memoria habla tanto del narrador, como del hecho en sí mismo.

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