13 abr. 2014

Recuerdo la primera canción que bailamos juntos y abrazados en el salón de aquel viejo piso de estudiantes cerca de la facultad. Habíamos cenado mirándonos a los ojos y nos habíamos bebido aquel delicioso cava de las bodegas de tu familia. Yo me había puesto el vestido que tanto te gustaba, ajustado, con escote, de tela tan fina que podías acariciarme casi como si nada nos separara. 

Las luces apagadas, las velas encendidas que nos rodeaban con su luz tenue y nosotros, nada más. 

Le diste al play y empezó a sonar la melodía que ya conocíamos de memoria, cantábamos sin cantar a medida que nos acercábamos y yo rodeaba con mis brazos tu cuello y tú con los tuyos mi cintura, mi espalda, a mí entera. Ya tan cerca que la ropa sobraba, la piel sobraba, nos murmuramos al oído las palabras que le daban sentido a todo.

Empezamos a besarnos, a quitarnos la ropa lentamente como si el tiempo no existiera, fingiendo como podíamos que, en realidad, queríamos arrancárnosla el uno al otro y quedarnos desnudos antes de que sonara la última nota. 

El amor tras el amor es muy dulce pero el deseo contenido se transforma en pasión salvaje en un segundo y el suelo donde habíamos celebrado nuestro improvisado picnic se convirtió en el escenario del encuentro de tu cuerpo y el mío en una Noche Vieja tardía, creada para nosotros, la primera y la última que celebramos juntos y que sigue intacta en mi memoria gracias a aquella canción.

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