16 abr. 2014

Recuerdo que entonces recibía con entusiasmo la visita de la tos y la fiebre. Caer enfermo en aquellos días de colegio era una oportunidad única para dedicar mi tiempo a la más emocionante de las empresas, que no era otra que leer. Leer lo que fuese. Leer de todo un poco, o de un poco mucho. Las clases resultaban estimulantes, pero mucho más una visita a la librería de mis padres, o a la propia. La selección de las lecturas se llevaba a cabo de forma casi ritual, mientras poco a poco crecía una pila de libros de variada naturaleza. No faltaban de divulgación científica, libros ilustrados profusamente, de los que ya apenas se ven. Medicina, ciencias, animales... volúmenes de puntas gastadas y encuadernaciones sufridas. Y cómics. Siempre cómics. Lo mismo daba Spirou o Mot, Superlópez o Tintín, Hazañas bélicas o Conan. Recuerdo colocar aquella pila cuya altura era proporcional a mi felicidad, en una silla cerca de la cama, muy al alcance de mis ávidas manos. Con suerte, aquella pila era a veces completada con algo de material perteneciente a la colección de mi hermano. Letras de alto octanaje para un niño, nombres como El juego de Ender, Akira o Lovecraft. Imágenes de una fantasía maravillosa que alimentaban la siempre hambrienta mente infantil. Las horas se esfumaban con rapidez sorprendente, mientras ansiaba una prórroga para esa gripe, para esa agridulce indisposición.

A la mañana siguiente, el sol me sorprendía con un libro entre las manos. Era aquella una felicidad pura e irrepetible.

4 comentarios :

  1. Me solía pasar de chico, rondando las fechas de octubre y noviembre. Pasaba tres días en cama, como mínimo, y cuando mi madre me veía con algún libro en las manos, sabía que ya estaba recuperado y que sólo le estaba dando coba para no ir a clase y quedarme leyendo.
    Echo de menos esos días...

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  2. El mejor hábito que un niño puede adquirir sin duda es las ganas de leer.

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  3. Qué recuerdo más bueno. Yo empecé a leer después, en la adolescencia. Cuando era niño sólo tenía de esa lista los cómics y los relatos del Reader´s Digest. Aquellos periodos febriles apenas hacía más que dormir, mirar el techo o la ventana, pensar y, en ocasiones, delirar. Hubiera sido mejor tener al lado esos pequeños rascacielos llenos de historias, como en tu caso.

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