18 jul. 2014

recuerdo el asco que me producía la carne que nos daban. era dura y seca como una suela de zapato y para cuando llegaba a nuestra mesa, situada al final de esa inmensa sala, se había enfriado tanto que era imposible hincarle el diente. pero lo peor para mí era cuando, con las prisas de las cocineras para terminar su jornada laboral, la servían cruda y al cortarla con el cuchillo salía ese juguillo rojizo que me hacía apartar la mirada y rogar para que alguien muy hambriento de nuestra mesa accediera a comerse mi porción. ni tan siquiera pedía su rebanada de pan a cambio. las veces que no había ningún voluntario, y con el disimulo propio de una cría de diez años, cortaba la carne a trozos muy pequeños y los tiraba al suelo, esparciéndolos por debajo de los pequeños pies de los demás comensales. no tardaron mucho las monjas en darse cuenta de mi pequeña masacre carnívora. fue sor carmen quien un día se acercó a la mesa y, después de recoger y examinar minuciosamente un par de trozos que sostuvo en su mano pálida durante unos segundos, nos miró consternada y a continuación se puso a gritar sin contemplaciones sobre lo desagradecidos que éramos y el hambre que pasaban los niños de no sé qué lugar del mundo y el castigo que nos esperaba a todos si el culpable no confesaba. no confesé. estaba demasiado aterrada pensando en el castigo que se me iba a imponer y en las pesadillas que iba a tener con los niños hambrientos de no sé qué lugar del mundo como para hacer público mi pecado delante de los otros niños, que a partir de ahí iban a apuntarme con el dedo eternamente, y de sor carmen, para la cual yo era una niña modélica y angelical. la mala (o buena) fortuna hizo que la mayoría de trozos tan sabiamente distribuidos por mí debajo de la mesa coincidieran alrededor de los piecitos de salva, un niño dos años menor que yo, conocido por sus canalladas en clase y peleas en el patio de recreo. sor carmen, decidida a dar ejemplo y a devolver a salva de una vez por todas al camino de la rectitud y la honradez, le hizo recoger la decena de trozos y comérselos. 

la última vez que vi a salva fue en ikea. me sorprendió ese metro noventa de hombre, con la espalda ancha y el diámetro de sus brazos mayor que el de mi cintura. me preguntó cómo estaba mi hermano, puesto que durante un tiempo fueron buenos amigos, y yo le pregunté cómo le iba la vida. me contó que había superado las durísimas pruebas físicas para acceder a guarda forestal y que su mujer y él esperaban su segunda hija para diciembre. nos despedimos deprisa y me pidió que le diera un abrazo a mi hermano de su parte. yo contesté que sin duda lo haría. 
mientras tomaba medidas a una mesa extensible de chapa de roble que no terminaba de convencerme, pensé que tal vez yo también había tenido algo que ver con la superación de esas duras pruebas y su metro noventa a través de mis trocitos de carne repartidos por el suelo del comedor del colegio de monjas.

4 comentarios :

  1. Recuerdos del mismísimo infierno...

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  2. me gusta que la chica piense que ha influido en salva, quién sabe. aunque pobre, tener que comerse los trozos del suelo...
    a mí me encanta la carne cruda, tan cruda que hasta los de mi alrededor apartan la mirada, del asco que les da jaja

    (saludos)

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  3. Siempre hay algo de ironía, incluso en el más insignificante de los hechos.

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  4. Seguro esa fue una experiencia que recordó por mucho tiempo, se habrá preguntado por media vida quien le había inculpado de esa manera... Cosas que nos hacen un poco más duros y un poco más fuertes...

    Saludos

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