13 sept. 2014

recuerdo que me dije a mí misma que la única forma de tirar adelante era manteniéndome ocupada. o puede que me lo dijeran los demás y que en realidad sólo me apeteciera dormir y permanecer en la cama hasta que el sufrimiento remitiera, si es que eso llegaba a suceder en algún momento. al regresar del trabajo lo primero que hacía era encender el televisor. escuchar voces distintas a mi voz interior, que me recordaba dolorosamente que todo había terminado, me hacía bien. tres días me bastaron para poder recitar los diálogos de todos los anuncios que veía desde la tarde hasta que me iba a dormir. esa era la hora más penosa: volver al silencio, meterme en mi cabeza, aceptar el vacío, escuchar a un corazón roto e inútil que seguía latiendo y no comprendía por qué. “coge un libro, haz cosas”, me dijeron. o puede que me lo dijera yo un día, cuando los bramidos de la tele no fueron suficientes para silenciar mi propio aullido. y eso hice: cogí un libro que había comprado hacía mucho tiempo y que había olvidado en la estantería del salón. “principiantes” se titulaba. al abrirlo algunos granos de arenilla fina cayeron en mis manos. la misma arenilla de ese día que pasamos en la playa a principios de verano. la misma playa en la que nos hicimos fotos besándonos, aunque al final mi mano torpe tapó el beso, pero prometo que debajo de esa mano hubo un beso. y más de uno, sí. yo llevaba el pelo un poco más largo y él sonreía. el mismo libro que él leía en el tren, de vuelta a casa, mientras yo lo miraba de reojo y sí, también sonreía. abrí el libro por todas las páginas, trescientas doce páginas, una por una, poco a poco, y dejé que la arena guardada en cada una de ellas se deslizara hasta caer en mis manos o encima de las sábanas. luego me levanté y lo devolví, sin arena ni recuerdos, a la estantería del salón, encendí la televisión, me acurruqué en el sofá, helada de frío, y sin reprimir el llanto, los gritos y la rabia vi más anuncios hasta que amaneció.

9 comentarios :

  1. Esa mano torpe ha de ser lo que todo lo ilumina...

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  2. No hace mucho viví algo muy parecido a lo que escribes, pero estaba tan confusa (y recuerdo con confusión aquello) que nunca le había puesto palabras. Y es justo lo que has hecho, impresionante.
    Me ha encantado.
    Un beso.

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  3. Ojalá fuese tan fácil como dejar abiertos todos los libros y que ellos mismos se vaciaran de arena sin necesidad de contar con nosotros. Un placer siempre leerte hilia.

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  4. Podría haberlo escrito yo... me es terriblemente familiar.
    El silencio exterior es la voz interior y aunque intentemos huir, acallarla, no lo hace hasta que nos enfrentamos a ella y gritamos.
    Gracias por este texto.

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  5. Sobrecoge tu descripción de ese terrible desierto. La reconozco en otras personas muy cercanas a mí y me duele enormemente cuando las veo atravesar esa clase de desierto. No hay palabras. Al mismo tiempo, analizo cómo reaccionamos cada uno en esas condiciones y me doy cuenta que mi único escape es seguir haciendo la vida teóricamente normal pero reforzando, sobretodo en los momentos en que estoy solo, la conciencia de mi yo más esencial, es difícil de explicar, como interiorizarme lo más posible en mi núcleo identitario, en mis convicciones y sentimientos más firmes y permanentes.

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  6. Creo que era en el segundo o tercer relato de Principiantes donde un hombre se queda exactamente igual, en casa de su madre, mirando una película de guerra en la pantalla mientras se duerme en el sofá y suenan las bombas sencillamente se queda ahí, mirando.

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  7. Dios. Gracias por esto, me siento en tus renglones de una forma escalofríante. Tienes nueva visitante.

    Te admira,
    María

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  8. He vivido eso antes, tan igual a tí. La caja tonta nos abstrae, los libros...pero todo acaba en el mismo lugar: los recuerdos.

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