30 ago. 2015

Recuerdo pensar que cada minuto, cada momento en el que no te tenía cerca, era el mayor de los absurdos, la mayor ofensa a la verdad. Una pérdida irreparable, me decía. Buscaba no necesitar del sueño, no dormir. Alimentar mi persona con tu presencia, si es que eso era posible, y yo pensaba que quizás sí era posible. Recuerdo que aquella mañana trabajabas, y que esa responsabilidad me privaría de ocho horas de tu compañía, ocho horas que no iban a volver. 480 minutos. Una cantidad inconmensurable de tiempo en el que observarte, en el que nombrarte. 2.800 segundos que contenían espacio para la infinitud que suponen las miradas, los besos y las voces. Quise arañar al día un poco de eso, robar para mí un momento que saborear durante tu ausencia. Desperté pronto, no había madrugador más feliz de madrugar. Me senté, nervioso, en aquella plaza con sillas de altos respaldos y árboles blancos y metálicos. Me dispuse entonces a observar, sin apartar la mirada, la boca de metro por la que sabía que saldrías para dirigirte al trabajo. Tantas vidas en movimiento, todas con sus alegrías y dramas a cuestas. Y el sentir de la distancia sideral, gigantesca, entre aquellas personas anónimas y tú. Y pensé ahí, mientras te esperaba, que podía apretar la vida y todo lo que contenía en mi puño, concentrarla. Un espacio de cariño sólo para mí, fuera del cual no sólo todo era absurdo o sin sentido. Era, simplemente, inexistente. Porque si la plaza existía era porque tú pasarías por ella. Y la ciudad, porque tú la habitabas. Y esas personas, porque tú las iluminabas. Y yo, porque te quería.

Apareciste al rato, como un claro entre las nubes, y al mismo tiempo que reconocías mi presencia, empezaste a sonreir. Sonreíste muchísimo.

Sólo fueron cinco minutos, no lo sé, no los conté. No más de diez. Mi consuelo, después de despedirnos en la puerta de tu trabajo, fue pensar que quizás aquella era suficiente eternidad robada por un día.

5 comentarios :

  1. qué familiar y angustiosa esa sensación de los 480 minutos, 2.800 segundos y también, y mucho más bendita, la sonrisa que buscas y encuentras, la de los cinto minutos de eternidad. ese momento y gesto que compensan todos los demás y ya da igual lo que suceda el resto del día porque tú ya eres inmune a todo.
    se me agotan las palabras, así que también aplaudo hoy.

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  2. Amo esas eternidades que duran minutos. Esos minutos que son eternos. Son la chispa de la vida. Lo que nos hace sentir vivos, en la tierra, aunque realmente estemos sonriendo sobre una nube.

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  3. Amo esas eternidades que duran minutos. Esos minutos que son eternos. Son la chispa de la vida. Lo que nos hace sentir vivos, en la tierra, aunque realmente estemos sonriendo sobre una nube.

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  4. Esas son las partes preciosas de la vida, esas angustias casi ahogamientos temporales ante una ausencia casi insoportable por el anhelo y el enamoramiento... y estrellas fugaces maravillosas como aquella sonrisa intensa que puedo imaginar fácilmente por la forma en la que lo cuentas.

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  5. Esos momentos son magia de verdad, porque la magia existe en el amor.
    Enhorabuena por el blog

    Ángela.

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