4 ago. 2015

Recuerdo que fuiste la extraña, la inmigrante, la inesperada turista de todo aquello que había sido mi niñez y que de repente amanecía como paisaje recién hecho. Lo era porque eran tus ojos nuevos, como decía González, y no los míos, viejos y desengañados, los que observaban ese páramo dorado, los que descubrían con ilusión los olivos, los viñedos secados al sol, la tierra rojiza donde descansa la roca. El olor del bosque mojado, de la brasa extinguida. Eran tus ojos, y no los míos, los que oteaban el paisaje tormentoso mientras conducía y conducía durante kilómetros.  Recuerdo que retrasábamos siempre la salida porque nos gustaba pasar la noche en la carretera, como si acuchillar aquella oscuridad con los faros remitiese a alguna emoción primigenia de nuestra infancia, algún rincón poblado de susurros, animales salvajes, negrura atávica.

Una tarde, esa carretera nos condujo a un pueblo, y el pueblo a una extraña feria de verano, en medio del campo, a cien kilómetros de ninguna parte. Como en una novela de realismo mágico, como si aquello fuese cosa de un sueño delirante de Juan Rulfo, deambulamos delante de luces de colores, vetustas atracciones, y jóvenes que veían sus gritos ahogados por las bocinas de los autos de choque, así como sus sonrisas lo estaban en el alcohol.  Tú sacaste la cámara de fotos, te encontrabas tan ensimismada como yo, y disparaste hasta que la noche estuvo cerrada y bien cerrada. No quisimos algodón de azúcar, tampoco hacía falta. Lejos de las farolas, apenas se distinguía nada. Era el momento ideal para volver al coche, volver a tu recopilación de música electrónica, y decidir mientras si nos apetecía salir de la boca del lobo o no.

5 comentarios :

  1. feliz de visitar su blog, sus artículos son muy buen vocabulario, una vez leído, el diseño de la pantalla no está demasiado llena, así que no es difícil cuando se lee. buen blog, me sorprendió que

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  2. La última frase le da la vuelta completamente al texto.
    Me ha gustado mucho, sinceramente.
    Me ha dejado con ganas de más.
    Un beso.

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  3. ¿Quiénes somos más, quien vemos nosotros mismos o quien ven en cada uno de nosotros los demás? Es curioso escuchar en las palabras de otros las descripiciones de nuestros lugares, fascinante advertir a través de ojos ajenos aquello de lo que somos parte. Lo cuentas en un relato precioso que incluso se permite un trazo de cierto misterio al final con ese asomo a la oscuridad.
    Siempre es un placer leerte.

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