13 oct. 2015

Recuerdo que me fui a Barcelona para sanar. Que me mudé como quién se dispone a cruzar el Rubicón, en una apuesta a todo o muy poco. Y la ciudad no me lo puso fácil. En aquel otoño de últimos estertores y cielos plúmbeos, Barcelona no me lo puso fácil. Actuó conmigo como el maestro severo de enjuto rostro, exigente, cuyo método de aprendizaje se confunde las veces con la crueldad.
El invierno que yo llevaba en pleno tuétano me empujó de poco en poco a una búsqueda efectiva en cada calle, en cada aroma y ruido. Y ahí estaba yo. Me encontraba. Volvía a nacer en cada abrazo, en todas y cada una de las piezas que conformaban aquel exuberante urbanismo que remitía a mi niñez. Yo soy un poco esa ciudad, pero tuve que naufragar en ella para darme cuenta.

La primavera me sorprendió como un veterano de mi propia realidad, como un ganador del respeto antaño perdido. Y probablemente por eso yo corría. No era ya una huida. Era llegar a la meta. Corría cada día, feliz de enfrentarme a mis músculos y huesos, feliz de ser dueño de mi única posesión. Y recuerdo ser metódico y riguroso en aquellos trayectos, porque siempre debía pasar por Santa María del Mar, debía recorrer Marina de arriba a abajo, debía rodear Tetuán para justo después atravesar Arc de Triomf. Debía documentar cada paso, cada gota de sudor, toda la impronta de aquella ciudad porque a ella llegué en una total oscuridad, y en ella, también, vi amanecer.

1 comentario :

  1. Enamorarse de un lugar es algo así a convertirse en inmortal ¿no? Dejamos fragmentos de alma esparcidos por determinados lugares y esos lugares, finalmente, son en parte, nosotros mismos.
    Y es que hay amaneceres preciosos como lo demuestra este recuerdo precioso ¿verdad?
    Un abrazo P.

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