2 ene. 2016

recuerdo que en los últimos meses discutíamos mucho. cuando él había gritado la última palabra -solía ser él quien lo hacía- yo me quedaba quieta y esperaba el portazo que indicaba que se había marchado a la calle o al bar o donde fuese que fuera. inmediatamente después corría a la cocina y abría los armarios y la nevera, sacaba todo lo que me llamara la atención y lo desperdigaba en la encimera de mármol negro. me daba igual el orden: chorizo, magdalenas, queso curado, tostadas de seis cereales, yogures de limón, nueces, galletas con mermelada agria. mezclaba los sabores de la misma forma con la que mezclaba los reproches que nos habíamos intercambiado, sin conseguir recordar si él me había acusado de neurótica o yo de mentiroso. luego me metía en la cama y me tapaba entera, intentando ignorar los rugidos de una tripa embutida y dolorida. él se acostaba horas después y me daba la espalda, asegurándose de que ningún centímetro de su piel tocaba la mía. por la mañana, antes de lavarme la cara, me miraba en el espejo del baño, de perfil. ponía mis manos encima de la tripa abultada y presionaba con suavidad para allanarla. cuando quitaba las manos reaparecía la carne generosa que iba sobrealimentando con cada pelea. mi vientre crecía de odio y de insultos y observé que, a diferencia de las mujeres llenas que guardaban ecografías en sus pequeños bolsos, mi recorrido se hacía al revés, invertido. no había amor. no había vida, sólo sobras, alimento podrido.
el día que se marchó definitivamente -ese día no hubo portazo- me asomé al balcón para recorrer sus últimos pasos con la mirada. mi carne flácida sobresalía por entre los barrotes oxidados de la barandilla del balcón. él levantó la cabeza, quizá para decir adiós con la mano. quizá no. yo metí la tripa para dentro, como hacen los señores mayores cuando salen de un baño en el mar y tienen delante una chica joven que creen que los mira, y dejé de respirar unos segundos. bajé la vista y me miré, cóncava, vacía, sin vida ni amor. cuando volví a desplegar mi estómago vasto él había torcido la esquina.

5 comentarios :

  1. Mientras lo leía sentía escalofríos, los portazos, las manos sobre el vientre, comer a escondidas; me reconozco. nunca dejas de sorprenderme con tu capacidad narrativa, hilia.

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  2. he sentido el vacío que seguramente sintiese aquella chica, pero no hay mejor comienzo que aquel que se necesita por encima de lo que crees.

    (crêpes con nutella
    y batido de vainilla)

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  3. Qué forma de contar, hasta me ha entrado un vacío tremendo y ganas de llenarlo con cualquier cosa. ¿Irse sin dar portazo y mirando hacia atrás es irse de verdad?

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  4. No confundas partida con huída...
    Los pelos de punt
    http://bailandoenlacornisadelpiso23.blogspot.com.es/?m=1

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  5. No confundas partida con huída...
    Los pelos de punt
    http://bailandoenlacornisadelpiso23.blogspot.com.es/?m=1

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